Los rostros que vuelven a casa

“La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.” —  Eduardo Galeano

Con el ceño fungido, una mujer de tez morena, cuerpo esbelto cubierto con un uniforme de trabajo, ese que puede ser comparado con el uniforme de los presos, que la desliga de su identidad; se llama Sandra, así decía en su carnet, espera el Transmetro con la esperanza viva de poder descansar sus piernas cansadas por una jornada de trabajo exhausta mientras contaba los minutos para abordar el articulado llama a su casa para saber cómo está todo antes de llegar; al parecer se le avecinaba un segundo round con tareas de sus hijos a bordo.

Así como ella, está Carlos, un hombre quemado por el sol resplandeciente que abraza a Barranquilla, ha dedicado su vida a la albañilería así lo demuestran sus manos maltratadas por la aspereza de este oficio, se sube en la Estación ‘Joe’ Arroyo con uno de sus ayudantes, esperan ansiosamente llegar a casa y sentarse a comer porque “pa’ eso se jode trabajando”.

En medio del trayecto hablaba de fútbol, mujeres y tragos, de los materiales que faltaban para continuar construyendo, hasta de la misma infelicidad, esa que era la fiel compañera de sus malas decisiones, mientras que su Sancho panza de la albañilería le aplaude sus hazañas y desaciertos como una salida para continuar acompañándolo a levantar obras de construcción.

Así como las horas vividas de Carlos y Sandra, son todos los días de los que van en el transporte público de esta ciudad, existencias que se sumergieron en el enamoramiento de la felicidad ajena reflejando en sus rostros la imposición de una sociedad, que cortejando a quien quiere “ser alguien en la vida” para abandonar a la suerte la felicidad propia, sus expresiones dibujan el olvido de los sueños que quedaron en la niñez olvidándose de sí mismo para poder conseguir dinero.

Mientras voy rumbo a mi casa con la ilusión de siempre vivir de mis pretensiones de transformar una pequeña parte del mundo, me pregunto ¿Cuánto talento perdido recorre la ciudad en los buses? ¿Cuántos sueños fueron frenados por una rutina asfixiante de una oficina que carcome día a día la poca esperanza de poder cumplir deseos?, imaginándome que llegan a su destino pensando que la vida es miserable, que solo queda luchar por los sueños del otro, que arriesgarse a realizar los propios solo es un pensamiento utópico. Entre tanto, sus horas transcurren abrazados por la impaciencia de esperar su día de descanso para enclaustrarse en cuatro paredes. Y a tantas preguntas me respondo que en esta ciudad la frustración va sobre ruedas.

Imagen de cabecera: Tokyo Portraits in London (interview with Carl Randall)

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